Graciela Fernández Meijide: “Solo podía dormirme cuando les metía un balazo a los miembros de la Junta, era mi rivotril”

Graciela Fernández Meijide tiene hoy 95 años. Tenía 45 la madrugada del 23 de octubre de 1976, cuando un grupo de tareas que se identificó como policías tocaron a su puerta. Eran cinco. Vivían en los pisos superiores de un edificio ubicado en la calle Virrey del Pino, del barrio de Belgrano. Estaban Enrique, su esposo, sus tres hijos —Pablo, el mayor, Martín y Alejandra— y dos amigos de Pablo que se habían quedado a dormir. No hablaron mucho. Pero ella sintió miedo real cuando vieron los dientes del ovejero alemán y le dijeron “tenga a ese perro, señora, o lo matamos”. Preguntaron quién era Pablo y le ordenaron que se vistiera: “venga con nosotros”. Y se fue con ellos. Nunca más volvió.

 

Pasaron cincuenta años y Graciela confiesa que aún lo sueña. “Tenía unos ojos impresionantes, muy lindos. Y yo soñaba con sus ojos. Soñaba con un Pablo vivo, divertido como era, caprichoso como podía ser”, dice. El testimonio de una mujer que recorrió comisarías, ministerios, iglesias, que integró la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos y la Comisión Nacional de Desaparición de Personas, que hizo lo que hizo porque quería saber. Saber de su hijo Pablo y de los otros Pablos que no se llamaban Pablo ni eran sus hijos pero que tenían su misma condición: estaban desaparecidos. Y a sus 95 años, dice que si hay algo que todavía quiere es saber.

 

La ex dirigente política y activista por los derechos humanos recuerda la noche en que se llevaron a su hijo mayor y los días que siguieron a esa desaparición. Graciela relata cómo el dolor más profundo, la pérdida de un hijo, puede transformarse en una fuerza para el cambio. Comparte una anécdota conmovedora sobre una madre que, al borde del abismo, encontró un nuevo propósito y fundó un grupo de lucha en Mar del Plata.

 

Su historia de lucha no tuvo descanso: integró la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos y la Comisión Nacional de Desaparición de Personas (CONADEP), y fue una de las voces más firmes en la búsqueda de justicia. Su determinación quedó sintetizada en una frase que marcó su vida: “Los voy a meter presos”.

 

Consultada sobre qué fue la última dictadura militar para quienes nacieron después de 1983, Graciela explicó la particularidad del golpe de 1976: “Desde el año 30 para adelante y hasta el del ’76 hubo seis golpes. En todos los casos era porque los partidos políticos no se ponían de acuerdo y recurrían a los cuarteles. Siempre en los golpes anteriores, después hubo amnistía, no importa qué es lo que se hiciera. Esto provocaba que la gente tomara los golpes militares casi con naturalidad”.

 

Y señaló la diferencia clave del último golpe: “Por primera vez, en lugar de intervenir solamente el ejército, intervinieron las tres Fuerzas Armadas, que se repartieron las responsabilidades”. Fue, según su mirada, el golpe más anunciado, pero también el que tuvo un proyecto político y económico explícito. “Con Martínez de Hoz, cuando les llegaban noticias de las desapariciones, en un momento dado dicen que se dirigió a los militares y les dijo ‘ustedes hagan lo que tengan que hacer, yo hago lo mío’. Como diciendo ‘no me voy a meter en cualquier pedido que me venga de indulgencia para algunos de los detenidos’”.

 

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