Columna de opinión: La deuda histórica con los docentes y el ciclo lectivo que comienza en crisis

Cada inicio de ciclo lectivo repite un guion que ya parece crónica de un fracaso anunciado. La pregunta que resurge es inevitable: ¿Cuándo será el año en que las clases comiencen sin el caos previsible de reclamos salariales pendientes? La esencia del problema radica en que, sistemáticamente, se deja para lo último algo fundamental: el cuidado del docente.

Los educadores chaqueños, al igual que en gran parte del país, sobreviven con un salario precario. La realidad los fuerza a una doble jornada: enseñar por la mañana y buscar un ingreso extra por la tarde. Esta exigencia no es una elección, sino una consecuencia directa de que sus haberes no alcanzan para cubrir la canasta básica. En este escenario, preguntarse por su tiempo de ocio, por el cuidado de sus familias o por el simple derecho a disfrutar de sus vidas resulta casi una ironía.

El ritual es conocido. Aumentos en la obra social, descuentos excesivos por ausencias en días de reclamo, y la necesidad de dejar la dignidad en los guardapolvos blancos para salir a pedir algo tan elemental como un salario que les permita vivir. El docente, por naturaleza, no pide lujos; pide poder enseñar sin hambre. Pide poder ejercer su vocación sin la angustia económica que hoy lo acompaña.

Hay una deuda de reconocimiento. Muchos de quienes hoy ocupan cargos de decisión política llegaron allí gracias a la guía de un maestro. Sin embargo, esa trascendencia parece olvidada cuando se trata de destinar recursos. Se los minimiza, se les ofrecen migajas del Estado y se les retira herramientas de protección como la cláusula gatillo, profundizando su desprotección.

El deterioro es alevoso. Funcionarios imponen condiciones gravosas, como los sistemas de premios por desempeño, y desde una falsa superioridad moral presentan estas medidas como un avance, cuando en realidad son un parche que no resuelve el núcleo del conflicto. No es con más exigencias ni con mecanismos punitivos como se colabora con la educación. Se colabora con presupuestos dignos, con políticas de capacitación gratuita y en servicio, y, sobre todo, ponderando socialmente la tarea docente.

La falta de respeto es palpable. Mientras otras profesiones son celebradas y bien remuneradas, los docentes enfrentan condiciones laborales precarias y son blanco de críticas constantes. Pero el problema va más allá del salario. Ser docente hoy implica navegar un entorno complejísimo: estudiantes con desafíos emocionales y sociales, los cambios tecnológicos y un desgaste emocional que ahuyenta a las nuevas generaciones.

El reclamo que resuena en las calles y en las escuelas es claro y contundente: con la educación no. Con el futuro de las próximas generaciones, no. Es tiempo de que la dirigencia escuche y actúe en consecuencia, devolviendo no solo un salario digno, sino también la dignidad arrebatada a quienes tienen en sus manos la tarea más importante: formar a los ciudadanos del mañana.

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